
Las gotas de sangre se inyectaban en las venas ávidas de la memoria perdida por el desasosiego del desprecio en tu mirada. La navaja flagelante seguía engullida en la epidermis de mis brazos.
Una a una las gotas regresaban al cauce que las había perdido. La navaja, fina cuchilla que regresaba al exterior, lenta, doliente, perdida. Es la navaja ahora sólo un recuerdo de lo que pudo haber sido si tan sólo hubiera podido vivir para desterrar la vida misma que me fue negada en tu interior.
Fotografía y Texto: L. Sarai